¡No te alejes de los dominios!

lunes, 7 de noviembre de 2016

Mestizo. La Era de los Místicos:
sinopsis + portada

¡Ey, adalides del Dominio Exterior! ¿Cómo están? Yo encantada de volver al universo de los dominios... Y bueno, seguramente ya han visto esta información por ahí, pero estarán de acuerdo conmigo en que no puede faltar en este sitio, aunque haya llegado un poco tarde, pues ya tenemos en librerías el primer ejemplar de esta nueva trilogía de Adriana González Márquez.

Total que... ¡aquí vamos!


MESTIZO
-LA ERA DE LOS MÍSTICOS #1-

Sinopsis: Cuando Matheo Govami decidió separarse de sus amigos, lo hizo creyendo que sólo así sanaría la herida de su corazón. Más de veinte años después, el dolor aún continúa, y ahora sus problemas son mucho mayores. Sobre él pesa una acusación muy grave que debe esclarecer antes de que las autoridades lo condenen. Pero eso no es lo peor: los Místicos están decididos a vengarse de la especie humana por la traición cometida contra su raza. En medio de estos conflictos, Matheo aprenderá que los verdaderos amigos podrán no estar cerca, pero nunca se alejarán, y que para sanar una herida a veces hay que exponer el alma.


+ info | @adrianaglzm | Me gusta leer: Twitter y Facebook

miércoles, 21 de septiembre de 2016

La Era de los Místicos:
"Crónicas de los dominios" prólogo 5
(y último)

¡Ey! ¡Paladines y Cerrajer@s! ¿Cómo están? Yo muy emocionada, porque como sorpresa adicional, Adriana González comparte con nosotros este último prólogo, que nos presenta algo más sobre un personaje completísimo como lo es Matheo Govami... ¿nos acompañan a leer?

***

Acá va:


¿CÓMO SABER QUE UNA TRAMPA ES UNA TRAMPA?

Matheo

            Eran más vagones de los que la Congregación había supuesto y, por lo tanto, más de un solo ladrón, como me habían mencionado en el reporte.
            Eran tres carrozas, más de veinte hombres, y los cargamentos no se trataban nada más de Flores Balsámicas como se creía en un inicio.
            No, dos de aquellos carros iban llenos de rocas.
            Observé a los presuntos delincuentes a través de las ramas del alto árbol en que me encontraba trepado, utilizando un Hechizo de Visión para lograr distinguir lo que sucedía en medio de la oscuridad.
            Algo andaba mal, eso me quedaba muy claro: o la Congregación contaba con información completamente errónea, o esto se trataba de una trampa.
            Ya fuera para los malhechores o para mí, estaba por verse.
            Además, me habían dicho que me enfrentaría con un simple bandido de poca monta, pero estos sujetos iban armados y lucían fuertes, entrenados; lo peor era que sus energías espirituales se sentían potentes, recordándome un poco a aquello que podía percibir proveniente de los cerrajeros que conocía.
            Sí, algo andaba mal.
            Pero eso nunca me ha detenido.
            Me dejé caer ágilmente sobre uno de los vagones que en ese momento transitaba bajo el árbol, invocando un breve Hechizo de Transportación para aterrizar sin hacer ruido sobre el cargamento, tomando un puñado de piedras sin pulir para luego guardármelas.
            ¿De qué se trataba todo esto? Lo monetario no tenía valor en los Dominios del Ónix Negro, por lo tanto, las rocas, como lo había dicho ya una vez hacía muchos años, son sólo rocas. ¿Entonces para qué transportar a media noche dos carrozas repletas de diamantes, rubíes y fluoritas?
            Sonreí.
            Tal vez sería bueno preguntárselos; nunca me ha gustado quedarme con la duda.
            Tomé impulso doblando las rodillas y después brinqué, dando varios giros en el aire antes de caer de pie frente al primer cargamento, alterando al caballo que tiraba del vagón, que de inmediato se detuvo alzando los cuartos delanteros y luego dando unos pasos hacia atrás.
            Se creó el silencio, mientras todos los hombres que vigilaban el avanzar de las carrozas me observaban entre sorprendidos, asustados y furiosos.
            —¡Hola, muchachos! Mi nombre es Matheo Govami, adalid de primer rango. ¿Ustedes quiénes son? —exclamé con una enorme y fingida sonrisa, recibiendo ceños arrugados como única respuesta—. ¿No se quieren presentar? —proseguí falsamente alegre—. En ese caso, ¿les gustaría decirme a dónde van?... ¿No? ¿Nada?... ¿Qué me dicen de la razón por la que van resguardando un montón de piedras sin uso ni valor?... ¿Tampoco?... Bien —suspiré—. Por la mala, entonces —mi sonrisa se borró al tiempo en que sacaba las cimitarras de las fundas a mi espalda, momento en que los dos primeros hombres se lanzaron hacia mí.
            Detuve sus ataques con facilidad, propinando los míos y noqueando a uno con el mango de la espada para luego propinar una patada al estómago del segundo, pero entonces otro más se unió a la pelea, y otro más, y otro…
            Llegó el punto en que luchaba contra cinco a la vez, deteniendo sus estoques en lugar de poder atacar, dándome cuenta muy tarde que debí de haberle hecho caso a mis propias observaciones: estos sujetos estaban bien entrenados, tanto en el manejo de las armas como en el uso del alma; me cercioré de esto último cuando uno de ellos me lanzó una descarga de energía en la nuca, haciéndome caer con fuerza hacia adelante.
            ¿Por la espalda? ¿En serio? ¡Qué hipócritas! —proferí cuando cuatro de los hombres me sujetaron, pero ahora fue mi turno de aflorar mi energía para librarme de ellos, logrando que explotara por cada uno de mis poros hasta hacerlos volar unos metros.
            Me puse de pie y conseguí herir a uno más en un brazo y a otro una pierna, uniendo las cimitarras para luego lanzarlas como boomerang y derribar así a seis más.
            Cuando mis espadas volvieron a mí, otra descarga de energía, ésta todavía más fuerte, golpeó mi rostro, mi pecho y mi estómago, partiéndome el labio inferior, lastimando mi nariz y arrancándome el aliento, por lo que trastabillé un par de pasos.
            Un sujeto caído tras de mí aprovechó mi malestar y distracción para enterrarme su espada en el muslo con profundidad, herida que de inmediato comenzó a sangrar profusamente.
            Un buen guerrero sabe cuándo pelear, pero también cuándo retirarse.
            Y éste era mi momento de escapar.
            Corrí varios kilómetros a pesar del intenso dolor en la pierna y, al darme cuenta de que no podría más, hice uso de toda la energía espiritual que pude para crear un rápido portal que me llevara hasta el poblado de Numandi, en donde Adahara me estaba esperando en la posada.
            Y entonces…
            Mmmh…
            Creo que me estoy adelantando en mi narración… ¿O me estaré atrasando?
            Perdón. Nunca antes había tenido que contar la historia más importante de mi vida, así que tendrás que ser paciente conmigo.
            ¿Pero por dónde empezar?
            …
            ¡Ah, ya sé!

            Justo en donde nos quedamos la última vez…

miércoles, 24 de agosto de 2016

La Era de los Místicos:
"Crónicas de los dominios" prólogo 4

¡Paladines y Cerrajer@s! 
¿Qué tal? ¿Cómo están? Ha llegado la publicación del último prólogo prometido, y -al igual que yo- espero que hayan disfrutado de este pequeño adelanto que Adriana González nos ha preparado, para ir afilando nuestros colmillos y poder hincarlos de manera muy profunda, una vez que Mestizo sea publicado ♥

Y acá va:

***



INTERRUPCIONES


Erick

            Una lenta sonrisa fue emergiendo en mi rostro, y eso que aún no me encontraba completamente despierto. Mi gesto se debía a la sensación de unos suaves labios sobre mi estómago, esparciendo perezosos besos sobre toda la extensión de mi piel.
            Alcé una mano y, sin abrir los ojos, la situé sobre la cabeza de mi compañera de vida, enterrando mis dedos entre los mechones oscuros para de esa manera ir guiando sus caricias hacia mi pecho, pasando por mi cuello, hasta que finalmente su boca se encontró con la mía.
            -Buenos días –murmuró Nessa contra mis labios, una vez que nuestro beso terminó.
            Abrí los ojos hasta entonces, sorprendiéndome como siempre ante la belleza que se encontraba entre mis brazos; a mi alma seguía sin afectarle el hecho de que ya llevaba junto a aquella mujer más de un cuarto de siglo, pues aún continuaba vibrando cada mañana, cuando mi mirada se posaba en Vanessa al despertar.
            Es en instantes como esos cuando aún me cuesta trabajo creer que ella es mía.
            -Buenos días –respondí por fin -¿Estás cómoda? –pregunté cerrando fuertemente mis brazos a su alrededor, ya que Nessa se encontraba recostada con la totalidad de su cuerpo sobre mí.
            -Mucho –contestó con una traviesa sonrisa.
            -Es bueno saberlo, porque de aquí no te dejaré mover en un buen rato.
            -¡Mamá! ¿Dónde están mis botas negras? –el grito de Dorian nos arrancó una irónica carcajada a los dos.
            -¿Decías? –inquirió Nessa alzando una ceja.
            -¿A qué hora quedó Dem de pasar por ellos?
            ¡Gracias a todo lo que es sagrado por abuelos orgullosos! pensé.
            -A las ocho. El viaje es largo y no lo harán todo a través de portales, por lo que quiere marcharse temprano –respondió mi compañera de vida intentando disimular la preocupación en su voz.
            Esta era la primera vez que nuestros hijos estarían lejos de casa desde su nacimiento, ya que Dem los llevaría con él a conocer la Isla de Karnath. Tanto él como yo habíamos batallado bastante en que Nessa diera su consentimiento, y al final fueron Dorian y Arabela quienes terminaron por convencerla, rogando de forma incesante hasta que su madre aceptó.
            -Estarán bien, amor –le dije mientras acariciaba su espalda en un intento por tranquilizar sus temores –Dem hizo un buen trabajo cuidando de ti y de Andrés.
            -Lo sé. Y confío plenamente en mi padre… ¡Pero mi hermano y yo no éramos tan traviesos como tus hijos! –exclamó burlona -¡Recuerda que tienen tus genes!
            -¡Oh, sí! ¡Sí que los tienen! –contesté girándome hasta quedar ahora yo sobre ella –Y piensa nada más en toda la experimentación genética que podremos hacer durante dos semanas sin “papá, me duele el estómago” o “mamá, Dorian no me devuelve mi muñeca favorita” o “papá, Ari me está pegando y tú me dijiste que a las niñas no se les golpea, así que ¿qué puedo hacer para quitármela de encima?” o…
            -¡Mamá! ¡Tengo hambre! –el grito ahora de Arabela se encargó de ejemplificar mi punto en el momento más preciso.
            -¿Ves? –agregué mientras ambos volvíamos a reír.
            -Tienes razón.
            -Yo siempre tengo razón.
            -No nos vayamos tan lej…
            La silencié con un nuevo beso que rápidamente cobró intensidad, Nessa rodeándome con brazos y piernas al tiempo en que mi cuerpo iba embonándose al de ella a la perfección.
            En instantes así era en los que me felicitaba a mí mismo por todas las modificaciones que le había hecho a la cabaña, comenzando por habernos construido una recámara nueva para Nessa y para mí, con sus cuatro paredes completas más una puerta con cerrojo, pues fue exactamente entonces que Dorian comenzó a tocar.
            -¡Mamá! ¡Papá! ¡El tío Belyan está aquí!
            Levanté la cabeza para después dedicarle a Nessa una mirada de confusión que ella me devolvía.
            -¿Esperabas a tu hermano? –inquirió.
            -No. La última vez que nos vimos me dijo que él y Lórimer vendrían hasta después de que los niños volvieran de su viaje, para ayudarme con su entrenamiento.
            -¡Papá! ¿Qué le digo al tío Belyan? –la pregunta de Dorian interrumpió cualquier otro intento de conversación.
            -Dile que ya vamos –le contesté finalmente a mi hijo, mientras que Nessa y yo nos poníamos de pie, vistiéndonos con rapidez para luego descender juntos al primer piso.
            -¡Mamá! ¡Todavía tengo hambre! –exclamó Arabela al vernos, sentada cómodamente sobre los brazos de su tío.
            Por un instante ni mi compañera de vida ni yo contestamos, dándonos cuenta de que la situación debía de ser bastante seria, tan sólo con echarle un vistazo a la expresión de mi hermano.
            Nessa reaccionó primero que yo, saludando a Belyan con un beso en la mejilla (una costumbre que se había traído del Dominio Exterior y que ahora toda la familia usaba), para luego tomar a nuestra hija entre sus brazos.
            -¿Qué te parece si tú, Dorian y yo preparamos el desayuno en lo que papá y el tío Belyan cortan algo de leña? –las últimas palabras las pronunció mirándome, a sabiendas de que tanto Ari como Dorian odiaban cortar leña, por lo que nos estaba dando la excusa perfecta para que saliéramos de la cabaña a hablar.
            -Suena bien –aceptó mi pequeña.
            -¿Dorian? ¿Tú qué dices?
            -¿Papá? –inquirió mi hijo sin contestarle a su madre, dirigiéndome una mirada suspicaz.
            Le dediqué una sonrisa inmediata, pensando que jamás me hubiera imaginado amar tanto a alguien más que no fuera Nessa, y sentirme tan irremediablemente orgulloso de ellos.
            -Ayuda a mamá, Dorian.
            -¿Seguro que no me necesitan? –cuestionó con seriedad.
            -¿Quién crees que te necesita más? ¿Tu tío y yo con la leña o tu madre con el desayuno?
            -Buen punto.
            -¡Hey! –gritó Nessa al tiempo en que todos reíamos -¡Pero si ya cocino mejor que antes!
            -Por supuesto, amor –le dije para después besarla suavemente en los labios.
            Segundos más tarde, Belyan y yo salimos juntos de la cabaña.
            -¿Qué ocurre? ¿Sucede algo malo? –pregunté cuando nos alejamos lo suficiente de mi hogar.
            -Sí, hermano. Sí sucede algo malo.
            No pude detener la tensión que me invadió de golpe.
            -¿Por qué? ¿Qué ocurre?
            -No vas a creerlo, Erick –profetizó; y tuvo razón, porque cuando terminó de hablar, yo no podía creerlo-. Se trata de Matheo…

domingo, 24 de julio de 2016

La Era de los Místicos:
"Crónicas de los Dominios" prólogo 3

Sí, como lo leen: ya ha llegado el momento de revelar el 3er prólogo de Mestizo, lo nuevo de Adriana González Márquez, ¡así que a disfrutar cada línea! Que por acá, ya soy team #Lorbely ♥

***


LAS COSAS QUE IMPORTAN


Belyan

            No pude dormir ni un solo segundo de toda la maldita noche, a pesar de que lo intenté una y otra vez, dando vueltas en la cama, levantándome, tomándome otro trago, regresando al lecho y comenzando el proceso una vez más.
            Y todo el tiempo sin poder sacarme de la cabeza a Lórimer y a ese beso.
            Todavía no lo podía creer.
            Mi mejor amigo siempre había estado ahí para mí. Siempre. Y no le había mentido cuando le dije que lo consideraba más que un amigo, más que familia, porque ni siquiera pensaba en él como un hermano, sino como algo… más.
            Pero ese “más” jamás había significado algo romántico o sexual…
            Hasta esa noche.
            A mí siempre me habían gustado las mujeres. Bueno, en realidad siempre me había gustado una mujer: Vereny. Me había enamorado de ella incluso antes de saber lo que enamorarse significaba, desde que nos conocimos durante la pubertad. Nuestra relación pasó de la amistad al romance de forma gradual y orgánica, y desde que la perdí, no ha habido nadie tan importante en mi vida como ella.
            Sólo Lórimer.
            Aquel pensamiento fue el que me paralizó, dándome cuenta hasta ese instante que mi mejor amigo ocupaba un lugar en mi existencia que ni Vereny ni nadie más había tocado siquiera. Era algo totalmente diferente, pero no por ello mejor o peor. Tan sólo distinto. Nuevo.
            Seguí yendo de la recámara a la sala, de la sala a la cocina y de la cocina de vuelta a la recámara otra vez, todo el tiempo sin poder apagar a mi cerebro, sin poder dejar de darle vueltas a lo mismo y sin saber a qué conclusión llegar.
            Durante muchísimos años he sabido que Lórimer es gay, sin que aquello afecte en lo más mínimo la forma en que lo veo o en que lo trato, jamás teniendo peso en nuestra amistad. Creo que lo único que me preocupaba era verlo siempre solo, puesto que la homosexualidad no está bien vista entre paladines, cerrajeros y adalides, con eso de la necesidad de procreación, por lo que mi mejor amigo había tenido que guardar el secreto durante toda su vida.
            Y volvemos a lo mismo: siempre solo.
            Y es exactamente por ello que no me lograba explicar mi propia reacción durante nuestra charla, cuando me había confesado sin querer que se sentía atraído por alguien. Me llené de rabia y angustia, pero no porque no me lo hubiera contado antes, como había intentado hacérselo creer, sino porque lo primero que había gritado mi espíritu dentro de mí fue: “Pero si tú eres mío”.
            ¿De dónde había provenido aquello? Ni idea, pero así había sido. Y cuando me besó no sentí ni aversión, ni culpabilidad, ni ninguna de las otras emociones que me invadían día con día desde haber recobrado mi alma. No, nada de eso.
            Lo primero que experimenté fue sorpresa, no lo puedo negar, ya que Lórimer me había tomado desprevenido toda la noche, tanto con su llegada a mi hogar, como con sus palabras y luego con sus acciones.
            Pero después de eso, por primera vez en décadas, lo que me sentí fue completo, como si por fin, por fin, todo embonara en mi vida a la perfección, incluidos Lórimer y yo.
            Sus labios, su cuerpo, sus alientos, todo alineado con exactitud a los míos, haciéndome olvidar tristezas y remordimientos y culpas ante la potencia del deseo que de golpe sentí por él.
            Y creo que fue exactamente eso lo que más me asustó; no el grado de mi deseo por él, no, sino que Lórimer había sido capaz de hacer lo que nada ni nadie había logrado antes: que me olvidara en lo absoluto de mi pasado y me concentrara en el sublime presente que estaba viviendo, aguardando expectante por el futuro que estaba por llegar.
            Pero yo había sido un desalmado; no se suponía que tuviera un futuro y mucho menos uno bueno, por lo que de un empujón lo alejé de mí y terminé por arruinar el momento, y tal vez también nuestra relación, así como me había encargado de arruinar todas las demás cosas buenas que había tenido en mi vida.
            Su “lo lamento” aún resonaba en mi memoria junto con el resto de lo sucedido, aun preguntándome qué era lo que lamentaba si había sido yo quien echó a perder el instante, pero seguía sin saber la respuesta, puesto que se había marchado antes de que yo lograra encontrar mi voz.
            Y siendo totalmente honesto, no tuve el valor suficiente como para seguirlo, pues fue segundos después de que la puerta se cerrara que el pánico comenzó a invadirme.
            Pánico por lo que había sucedido.
            Pánico por mi reacción.
            Pánico ante la simple idea de perder a la persona más importante e indispensable en mi vida.
            Faltaban unos minutos para el amanecer cuando finalmente me di por vencido, dejándome caer en el sillón de la sala, con la mirada fija en la daga sobre la chimenea.
            Al parecer mi subconsciente había intentado decirme algo desde hacía años, ¿de qué otra manera podía explicar que aquella arma fuera la única decoración de mi hogar? Y no sólo porque era definitivamente hermosa, sino porque se trataba de mi posesión más preciada desde el cumpleaños en que Lórimer me la había regalado. Para ser un paladín que se jactaba de no darle peso a lo material, aquella daga se trataba de un objeto demasiado importante para mí.
            La puerta de la casa se abrió de golpe en aquel momento, extrayéndome de mis pensamientos al instante en que con rapidez me ponía de pie.
            Lórimer y yo nos observamos en completo silencio durante varios segundos, cada uno paralizado ante la presencia del otro. Lo que no se encontraba inmóvil en lo absoluto era mi corazón, que latía con increíble velocidad en mi pecho.
            -Lórimer, yo…
            -No hay tiempo –me interrumpió abruptamente, algo que él jamás hacía.
            -Pero…
            -¡No! Escúchame, que esto es importante.
            -¿Y lo que pasó anoche no lo es? –le grité exasperado, viéndolo cerrar los ojos por un momento con su rostro lleno de angustia.
            -Es necesario que vayas al Territorio del Primero. Ahora mismo –fue lo que me respondió una vez que despegó los párpados.
            -¿Qué? –articulé con confusión –Si tú quieres huir de esto, adelante. Pero yo no voy a…
            -¡Por todo lo que es sagrado, Belyan! ¡No se trata de eso! –me interrumpió otra vez.
            ¿Qué carajos estaba sucediendo?
            -Es necesario que vayas a ver a Erick, porque todos estamos siendo monitoreados, pero nadie sospechará si eres tú quien va, pues simplemente puedes decir que estás visitando a tu familia.
            -¿Monitoreados? ¿Sospechar? ¿De qué estás hablando, Lórimer? ¿Qué está pasando?
            Lo vi inhalar profundamente para luego avanzar hacia mí, deshaciéndose de la distancia que nos había separado.

            -Se trata de Matheo…

domingo, 26 de junio de 2016

La Era de los Místicos:
"Crónicas de los Dominios" Prólogo 2

Siguiendo con los obsequios mensuales que Adriana González nos prometió, a continuación va el segundo prólogo que corre a cargo del bellísimo de Lórimer. Sentimos que haya llegado hasta este día, pero tuvimos algunos problemas técnicos :P ¡Disfrútenlo tanto como yo!

***

EL PEOR ERROR

Lórimer

            Despertar fue una hazaña desastrosa, puesto que al instante en que la realidad fue abriéndose paso a través de mi subconsciente, mi cerebro fue inmediatamente invadido por imágenes de la noche anterior, y lo que lo sucedido significaba: acababa de perder a mi mejor amigo.
            Y absolutamente había sido culpa mía.
            La vida de Belyan podía calificarse de todo menos sencilla, especialmente en el último medio siglo.
            Primero, la muerte de su abuelo el día de su conversión a paladín. Después, su captura a manos de Arématis. La tortura de sus padres y de él mismo. Su transformación a desalmado y los actos atroces que cometió bajo el yugo de nuestro enemigo. El regreso de su espíritu y la inescapable culpabilidad que llegó con él. Y finalmente la muerte de Vereny durante la batalla de Karnath y la consecuente depresión que lo hundió por años a causa de ello.
            Quien lo conociera antes de todo lo acontecido, se podía dar cuenta con facilidad que Belyan ya no era el mismo, y yo me encontraba dentro de ese grupo de personas.
            Belyan me había ayudado enormemente tras la pérdida de mi familia, con su eterno buen humor, con sus sonrisas constantes, con sus palabras de aliento, con su simple presencia, casi siempre alegre y desinhibida. Nos habíamos convertido en mejores amigos en aquella época, hasta que lo perdimos a manos de Arématis.
            Pero ese Belyan ya no existía, y ahora me tocaba a mí estar ahí para él.
            La mayor parte del primer lustro después de la muerte de Vereny, a pesar de entrenar juntos a los nuevos aspirantes y ser compañeros de cuarto en la reconstruida fortaleza de la Jungla de Morarye, Belyan y yo apenas si nos dirigíamos la palabra. Pero nuestros silencios eran cómodos, casi reconfortantes, y algo en mi interior me decía que a mi mejor amigo no le hacían falta charlas inconsecuentes, que el estar a su lado (así como él había estado conmigo) era suficiente por el momento.
            Poco a poco Belyan se fue reincorporando a la vida normal, saliendo muy lentamente del letargo de su propia existencia, sintiéndose de utilidad al ayudar a volver a recrear una sociedad que él había ayudado a destruir durante su tiempo como desalmado.
            Pasados esos cinco años, comenzó a hablar más, a hacer sugerencias acerca de los entrenamientos o misiones que llevábamos a cabo, y juntos decidimos expandir nuestros conocimientos en la creación y dominio de portales, por lo que al final de esa primer década, nos mudamos a Jemsby, que es la villa donde mi gemela y su compañero de vida habitan, para así aprender bajo la tutela de Bradd.
            Fue en el transcurso de esos siguientes diez años que Belyan comenzó a sonreír otra vez, y aunque sus expresiones de alegría no eran constantes y sólo unas cuantas veces alcanzaban sus ojos, fue un paso hacia adelante en su recuperación, un paso hacia adelante en el camino de regreso a sí mismo.
            Y entonces nació su sobrino, hijo de Erick y de Vanessa. Dorian se convirtió en el bálsamo perfecto para la dañada alma de mi mejor amigo, volviéndose un ancla que parecía mantenerlo firme en esta vida… en nuestras vidas… en la mía.
            Fue la primera ocasión en que Belyan sostuvo al bebé en sus brazos que lo escuché reír por primera vez en casi dos décadas.
            Y fue esa misma risa la causa de que mi espíritu se transformara de manera irreversible. Fue esa risa la causa de que mi mundo se detuviera, de que mi mente hiciera implosión, de que mi corazón se destrozara en medio segundo.
            Fue esa risa la causa de que me enamorara de mi mejor amigo…
            Se me escapó un suspiro ante los recuerdos, pasándome una mano por el rostro en un intento por deshacerme de los rastros de sueño que aún controlaban parte de mi cerebro, permitiéndole viajar por rumbos que no me interesaba visitar. A pesar de haber logrado dormir por un par de horas, aún me sentía agotado, sin poder dejar de pensar en mi situación actual y en cómo había llegado a ella.
            Ser homosexual en los Dominios no es algo reprobable en lo absoluto. Al ser una sociedad mayormente espiritual, nos guiamos con la idea de que las almas se sienten atraídas unas a otras, sin importar el sexo de la persona, así que nadie juzga o reprimenda si un hombre se enamora de otro hombre, o una mujer de otra mujer… a menos de que seas paladín, cerrajero o, ahora, adalid.
            La gente con mayor carga espiritual es la minoría en los Dominios. No somos muchos, pero sí enormemente necesitados; y el mundo es muy grande, por lo que la Congregación no se da abasto con los números con los que cuenta, así que se nos inculca desde un principio que encontremos pareja entre nuestras mismas filas, tanto por la longevidad de nuestras vidas como por la necesidad de reproducirnos, de crear seres humanos con capacidades espirituales lo suficientemente fuertes para convertirse en las nuevas generaciones de adalides.
            Así que ese es el primer problema: ser adalid y homosexual no es una combinación que me ayude en lo absoluto. Es por esto mismo que lo he mantenido en secreto durante toda mi existencia, habiéndoselo confesado sólo a mi círculo de mayor confianza: Lylibeth, Erick, Matheo y Belyan, y tiempo después, Vanessa y Bradd.
            Lo cual nos lleva al segundo problema: Belyan y la manera en que aniquilé nuestra amistad de años en sólo minutos la noche anterior.
            De vez en cuando, digamos que una o dos veces al semestre, los recuerdos, la nostalgia y la culpabilidad atacan a Belyan de golpe, generalmente después de alguna misión más violenta que otras o en noches donde las pesadillas son más fuertes que su voluntad. Cada vez que eso sucede, escucho un leve toquido en la puerta de mi búngalo (situado a media cuadra de distancia del suyo) y cuando abro, ahí se encuentra mi mejor amigo, con una mirada de disculpa en sus ojos y una botella de licor en su mano.
            Sólo que esta vez fue diferente: esta vez fui yo quien se sentía inquieto, yo quien no lograba conciliar el sueño, yo quien tomó la botella y tocó a la puerta de su hogar.
            -¿Lórimer? ¿Te encuentras bien? –me preguntó con obvio desconcierto en sus rasgos, los cuales aún estaban inundados por los rastros del sueño.
            Sonreí apenado, no entendiendo por completo qué demonios estaba haciendo, pero totalmente consciente de que había valido la pena salir de mi casa a esas horas, por el simple premio de ver en su rostro esa suavidad que sólo está presente en Belyan cuando su mente aún no le ha recordado a su cuerpo que debe de estar siempre triste y serio.
            -Perdón. No podía dormir, pero… -meneé la cabeza al sentir como el remordimiento me embargaba –te dejo volver a la cama. Nos vemos mañana y…
            -No, no –me interrumpió haciéndose a un lado, en clara invitación a entrar-. Pasa. Nos tomamos un trago y tal vez eso te ayude a relajarte para conciliar el sueño.
            -Gracias –murmuré quedamente al avanzar hasta la sala; él me siguió momentos después con dos vasos en sus manos, colocándolos en la mesita de centro para luego tomar asiento junto a mí, en el único sillón del lugar.
            Quien le echara un vistazo a este sitio, jamás podría creer que Belyan llevaba viviendo en él por varios años, ante la ausencia de muebles o decoración. Sólo había lo esencial, y el único toque personal que adornaba el pequeño búngalo era una antigua daga adornada con rubíes que se encontraba montada sobre la chimenea, y que yo le había regalado a mi amigo hacía ya varios cumpleaños.
            Lo que Belyan no sabía era que el arma había pertenecido a mi bisabuela (una renombrada paladín de siglos atrás) y que Lylibeth me había hecho un enorme escándalo cuando se la obsequié. No me importó. Mi amigo había sonreído genuinamente al recibirla, lo cual había sido suficiente para mí.
            Cómo es que no me di cuenta antes que llevaba años enamorado de él, es algo que jamás lograré explicarme.
            La negación es una fuerza muy poderosa, no cabe duda, y al igual que en aquella ocasión, en este momento me aferraba a ella con ímpetu, viendo como Belyan servía nuestras bebidas para luego entregarme uno de los vasos, ahora lleno hasta la mitad.
            -¿Y entonces? ¿Qué es lo que te mantiene despierto esta noche?
            , respondió mi mente de forma automática, por lo que le di un trago al licor antes de contestar, buscando la excusa perfecta entre una serie de mentiras que desfilaban en mi cerebro.
            Pero de mi boca salieron las últimas palabras que me hubiera imaginado pronunciar:
            -¿Por qué no sanaste esa herida antes de que se transformara en cicatriz?
            Ambos sabíamos a qué me refería: la delgada línea blanquecina que viajaba desde su ceja hasta la comisura de sus labios, destacando pálidamente en aquel perfecto rostro.
            Vi que Belyan se tensaba ante la cuestión, por lo que en instantes me arrepentí de haberla exteriorizado.
            -Lo lamento. Olvida que pregunté.
            -No, no te preocupes –murmuró con el vaso sobre sus labios, dándole un trago a la bebida antes de proseguir –Es sólo que me tomaste por sorpresa. Nunca creí que mi cicatriz fuera la razón de tu insomnio –su tono se había tornado ligeramente burlón, por lo que me forzó a sonreír con algo de nerviosismo.
            Si tan sólo supieras…
            -No es eso… es sólo que siempre me lo he preguntado, pero no es mi lugar el saber.
            -¿No es tu lugar? –no me explicaba el por qué, pero Belyan sonaba ofendido -¿No es tu lugar? ¡Has sido más que un amigo por décadas, Lórimer! ¡Más que familia! ¿Y dices que no es tu lugar? Nunca creí que me tuvieras en tan baja estima. Siempre pensé que lo tuyo era discreción, no indiferencia. Al parecer estaba equivocado.
            Se puso de pie de golpe, por lo que lo imité y lo detuve del brazo antes de que se alejara.
            -Yo no me refería a eso. Tienes razón. Siempre fue discreción. Jamás, jamás indiferencia –presioné mis dedos alrededor de su bíceps –Jamás indiferencia, Belyan… es sólo que siempre juzgué impertinente preguntar.
            Me dedicó una minúscula sonrisa, al parecer apaciguado con mi explicación.
            -Me fascina cómo hablas. Tanta propiedad en un hombre como tú –exclamó soltándose de mi agarre y tomando asiento una vez más, terminándose el líquido de su vaso en lo que yo me reacomodaba a su lado.
            -Por Erick –murmuró sirviendo de nuevo y aguardando a que yo me bebiera el resto en mi vaso para servirme a mí también.
            -¿Por Erick? –inquirí después de un trago más; él asintió.
            -¿Has visto las cicatrices que mi hermano tiene en la ceja?
            -Si.
            -Sufrió esa herida la noche de mi desaparición; y permitió que cicatrizaran en lugar de sanarlas para recordarme a mí, y a todo lo que había perdido… La mía es un recordatorio de todo el daño que yo le hice siendo un desalmado.
            -No eras tú, Belyan.
            Se encogió de hombros durante otro trago.
            -Podemos volver a debatir este tema, Lórimer –murmuró segundos después, y tenía razón: habíamos hablado de ello infinidad de veces, yo afirmando que no debía cargar con el peso de sus acciones durante su época de desalmado, y él repitiendo una y otra vez que a pesar de la ausencia de su espíritu, seguía siendo responsable de sus actos; ninguno de los dos jamás había logrado convencer al otro-. O podemos hablar de algo menos deprimente –finalizó.
            Estuve de acuerdo.
            -Bien. En tal caso explícame eso de “tanta propiedad en un hombre como tú”. Uno, ¿qué tiene de malo ser propio? Y dos, ¿a qué te refieres con un hombre como yo?
            Me dedicó una sonrisa casi salvaje, casi perfecta. En ocasiones, cuando me sonreía así, me daba miedo, casi como si lograra ver al desalmado que alguna vez fue.
            -Una –dijo alzando un dedo –no tiene nada de malo tu forma de hablar; si recuerdas bien, dije que me fascina. Y dos –alzó otro dedo al tiempo en que volvía a terminarse el contenido de su vaso -¿Me vas a decir que no sabes cómo luces?
            Solté una risotada.
            -¿Y cómo luzco?
            -¡Por todo lo que es sagrado, Lórimer! No te hagas el inocente. El cabello largo, la mirada intensa, esa aura de peligro que te encanta proyectar. Eres un imán para las mujeres.
            -Soy un total desperdicio, entonces, ya que no me gustan las mujeres –murmuré contra el vaso, dándole un último trago a la bebida para luego dejar el traste vacío sobre la mesita.
            -No necesariamente. He visto cómo te miran muchos hombres también.
            -No el que yo quiero que me mire –creo que fue el licor el que me aflojó la lengua; no existe ninguna otra manera de explicar por qué pronuncié aquella frase, que a pesar de haber sido dicha en tono muy bajo, atrajo la completa atención de Belyan.
            -¿Estás interesado en alguien? –me preguntó soltando su vaso con fuerza sobre la mesita y provocando que el líquido salpicara toda la superficie.
            -No, no. Era sólo una expresión.
            -¿Sólo una expresión? ¿Cuál expresión? No puede ser una expresión si no se usa comúnmente.
            -No, es sólo que… -¡Por todo lo que es sagrado! ¿Me estaba sonrojando? Lograba sentir el calor subiendo por mis mejillas. Esto no podía estar sucediendo-. Olvídalo ¿quieres? Me tengo que ir.
            Me puse de pie con rapidez, pero Belyan también, obstruyéndome el camino hacia la puerta y mirándome con el ceño arrugado.
            -No. De aquí no te vas hasta que me digas de quién hablabas.
            -De nadie. De verdad. Yo sólo…
            -Lórimer, eres mi mejor amigo –me interrumpió –No puedo creer que me hayas ocultado esto a mí… Y que me estés mintiendo descaradamente en este momento.
            -Belyan…
            -¡No! Me vas a decir de quién hablabas. Tienes décadas solo ¿y ahora me sales con esto?
            -¡Tú también llevas décadas sin pareja! ¡No tienes derecho a reclamarme nada! –exploté al fin; él me imitó.
            -¡Mi situación es diferente! ¡Mis razones son diferentes!
            -¡Por supuesto que no! ¡Ambos amamos a quien jamás podremos tener!
            -¿De qué carajos estás hablando? ¿A quién se supone que amamos y no podemos tener?
            -¡Tú a Vereny! ¡Y yo… -me detuve de golpe sin poder despegar mis ojos de los de él.
            -¡Vamos, Lórimer! ¡Termina! –me gritó con furia, justo al rostro -¡Yo a Vereny! ¿Y tú?
            Y fue ese instante en que cometí el peor error de mi vida: tomé su rostro entre mis manos y lo besé.
            Sentí como si cada paso de mi existencia lo hubiera dado con el único fin de llegar aquí, a este lugar, a este momento, a los labios de aquel hombre fuertemente presionados contra los míos. Y lo magnífico estaba aún por llegar, ya que después de la sorpresa inicial, pude darme cuenta del instante exacto en que Belyan me devolvió el beso, cerrando sus manos sobre mis caderas para de un tirón atraerme todavía más hacia él, ladeando la cabeza y abriendo su boca para permitir la intromisión de mi lengua.
            Me perdí en el momento, en el éxtasis, en la sensación de su cuerpo contra el mío, embonando a la perfección gracias a la igualdad en nuestras alturas, arreciando las caricias gracias a la igualdad en nuestras fuerzas, siendo consumidos ante la similitud de nuestro deseo.
            Mis brazos ya se encontraban en su espalda; sus manos cerradas en puños entre mi cabello; labios, lenguas y dientes atrapados en una batalla que al parecer ambos anhelábamos perder.
            Fue el momento en que se me escapó el primer gemido que Belyan reaccionó, dándome un aventón hacia atrás al mismo tiempo en que se alejaba de mí. Ambos nos dedicamos una última mirada antes de que el peso completo de lo que acababa de hacer cayera sobre mí.
            Unos cuantos tragos y un instante de debilidad habían sido suficientes para aniquilar una amistad.
            -Perdóname –fue lo único que logré decir antes de salir corriendo del hogar de Belyan.
            Y probablemente de su vida.
            Y aquí me encontraba ahora, recostado en mi cama a la espera del amanecer, sofocándome ante el peso del arrepentimiento mezclado con amor y con la lujuria que había nacido anoche a causa de un solo beso.
            Entonces fue que alguien tocó a mi puerta. Me puse de pie de un salto y corrí hasta la entrada, obviamente ilusionado de que se tratara de Belyan, pero mis esperanzas fueron en vano, ya que era mi gemela la que se encontraba en el umbral.
            -¿Qué sucede? –inquirí alarmado, puesto que era demasiado temprano como para una visita social de Lylibeth; aparte de que su semblante no prometía nada bueno.
            Por un momento incluso me pregunté si tal vez había hablado con Belyan y venía a reclamarme mi estupidez. Pero sabía bien que mi amigo no era así, por lo que descarté aquella teoría casi al mismo instante de haberla pensado.
            -Vístete, que esto es grave –articuló ingresando a mi hogar de forma escurridiza, como si temiera que alguien descubriera su presencia ahí.
            -¿De qué hablas? ¿Qué está sucediendo? –pregunté siguiéndola, pero ella no respondió sino hasta que entramos a mi pequeña recámara.

            -Se trata de Matheo…